26/08/2026
EL PRIVILEGIO DE UN GENIO
Lima, 24 de setiembre de 1847
Ya comenzaba a sentirse en Lima el calorcito de la primavera. Las calles, todavía somnolientas bajo el sol de la tarde, se animaban con el bullicio de los muchachos. Cuatro niños jugaban a los boliches en una plazuela, mientras que, a la sombra de un antiguo balcón de madera labrada, descansaba un viejo vendedor de cachivaches.
El anciano, de barba blanca y sombrero gastado, sonreía al contemplar las travesuras de los pequeños, como quien ve desfilar delante de sus ojos los recuerdos de su propia niñez.
Uno de los muchachos, el más curioso de todos, se acercó y le preguntó:
—¿Qué guarda usted en ese canasto, buen hombre?
El viejo levantó la tapa de mimbre y respondió con aire ceremonioso:
—Pues, hijito, hay de todo un poco: dos candelabros de bronce, un carrito de madera, tres pañuelos de seda, dos sartenes de cobre y una vieja lámpara.
Al instante los otros niños rodearon el canasto, examinando aquellas rarezas con ojos de asombro.
—¡Oiga, don! —exclamó uno de ellos—. ¿Y esa lámpara es como la de Aladino?
El anciano soltó una risita y respondió:
—Algo tiene de ella, muchacho. Siéntense y les contaré su historia.
Los niños obedecieron, y el viejo comenzó su relato.
—Hace muchos años existió un genio que tenía el privilegio de conceder deseos. Cada vez que cumplía uno, el cielo se iluminaba con destellos de colores tan hermosos que parecían fiestas de estrellas. Y apenas aparecían aquellas luces, acudían unas haditas diminutas que revoloteaban como luciérnagas, tímidas y alegres a la vez.
Entre todas ellas había una muy especial. Era pequeña, inquieta, altanera y vivaz; tan saltarina que ninguna otra podía comparársele. El genio, que había contemplado maravillas en todos los rincones del universo, quedó prendado de aquella criatura.
»Entonces decidió que, la próxima vez que la viera, le regalaría un collar de oro adornado con una piedra traída de un lugar lejano, más allá de este mundo. Un tesoro que reservaría únicamente para ella.
»Pasaron algunos días. El genio volvió a conceder deseos y los cielos se encendieron nuevamente. Acudieron las haditas, y entre ellas apareció la pequeña que tanto admiraba