29/09/2026
CICATRICES QUE DUELEN
Hay momentos en los que un pequeño error:
* no saber usar una herramienta,
* cometer un fallo en el trabajo,
* romper un objeto en la oficina,
* tropezarse o caerse,
* recibir una corrección delante de otros,
puede provocarnos una culpa o una vergüenza desproporcionada.
Una necesidad de desaparecer.
De no volver a hablar.
De no llamar la atención.
O una autocrítica que parece mucho más dura que el error cometido.
¿De dónde aprendimos a tratarnos así?
Muchas veces, esa voz que hoy nos juzga se parece a frases que escuchamos cuando éramos niños:
“¿Por eso vas a llorar?”
“¡Qué torpe eres! Ya rompiste mi florero favorito.”
“¡Desaprobaste el examen? ni que fueras a trabajar!.”
“¡Mírate cómo te ensuciaste! Pareces un puerquito.”
“¿Miedo a la oscuridad? Tan grande y con esas boberías.”
“¡Ni atarte los zapatos sabes!”
“¡Si vuelves a hacer eso, voy a llamar al chatarrero, a la policía o al cuco para que te lleve!”
Para un adulto puede parecer una broma, una forma de corregir o incluso una manera de hacer que el niño “aprenda”.
Pero para un niño, la experiencia puede ser diferente.
Cuando una corrección viene acompañada de ridiculización o humillación, el niño puede dejar de pensar únicamente:
“Me equivoqué”.
Y empezar a sentir:
“Hay algo malo en mí”.
Ahí la vergüenza toma otra dimensión.
Porque la vergüenza no siempre nos lleva a reparar lo que hicimos. Muchas veces nos lleva a escondernos para que los demás no vean aquello que nosotros mismos creemos que está mal en nosotros.
Por eso algunos niños dejan de contar lo que sienten.
Otros se vuelven excesivamente perfeccionistas para evitar equivocarse.
Otros necesitan tener todo bajo control.
Y algunos aprenden a burlarse de los demás antes de que alguien pueda burlarse de ellos.
El problema nunca estuvo solamente en el vaso roto, en el zapato mal puesto o en la tarea equivocada.
Está en la conclusión que el niño puede sacar sobre sí mismo:
“Si me equivoco, decepciono.”
“Si muestro miedo, se van a reír de mí.”
“Si no sé hacerlo, van a pensar que soy tonto.”
Y algunas de esas conclusiones pueden acompañarnos hasta la adultez.
Entonces ocurre algo interesante.
Hoy somos adultos, pero ante un error podemos reaccionar como si nuevamente estuviéramos frente a aquella mirada que nos hacía sentir torpes, débiles o incapaces.
Y cuando tenemos hijos, también existe otra posibilidad: repetir sin darnos cuenta la forma en que alguna vez fuimos tratados.
No necesariamente porque queramos hacerles daño.
A veces simplemente repetimos una manera de corregir, hablar o reaccionar que aprendimos como normal.
Por eso mirar al niño que fuimos también puede ayudarnos a entender al adulto que somos.
Y, sobre todo, a reconocer qué cosas seguimos repitiendo sin darnos cuenta.
¿Qué aprendiste de niño sobre equivocarte, pedir ayuda o mostrar lo que sentías?
Y hoy, como adulto:
¿Eso que aprendiste todavía influye en la forma en que te miras, en cómo reaccionas cuando te equivocas y en cómo tratas a tus hijos?
No tienes que contárselo a nadie.
A veces, el primer paso es poder reconocerlo, con honestidad, ante ti mismo.