11/07/2026
Estás en la costa de Tierra del Fuego. Hace frío, sopla viento, y a tu lado duerme un animal que parece un perro. Tiene el tamaño de un terrier grande, pelaje gris rojizo, cola espesa y hocico afilado. Mañana te ayudará a arrear peces hacia la red y a cazar nutrias en el agua.
No es un perro. Es un zorro.
Todos los perros domésticos del planeta descienden del lobo gris. Todos. Pero en el extremo sur de América, los pueblos selk'nam y yámana hicieron algo que ninguna otra cultura intentó: tomaron al zorro culpeo, el segundo cánido salvaje más grande de Sudamérica, y lo convirtieron en su compañero de caza.
No era domesticación en sentido estricto. Era algo más extraño: un pacto frágil entre humanos y zorros. En 2013, Romina Petrigh y Martín Fugassa analizaron el ADN de un espécimen taxidermizado del Museo Regional Fagnano, en Río Grande, y descubrieron que su genética coincidía en un 97,5 % con el culpeo salvaje y solo en un 88,9 % con el perro doméstico. Lo llamaban perro. Nunca lo fue.
Pero aquí está lo fascinante: funcionaba.
El reverendo Thomas Bridges vivió décadas entre los yámanas y compiló un diccionario de más de 30.000 palabras de su lengua. En él aparecen más de 160 términos y frases para «perro». Ciento sesenta. Describen al animal cazando guanacos, atrapando nutrias marinas, arreando peces hacia las redes y trayendo aves acuáticas de vuelta a su dueño. Un zorro haciendo el trabajo de un perdiguero.
Pero el temperamento salvaje del culpeo nunca se rindió del todo. Según documenta el zoólogo William Franklin, los ejemplares enviados a Inglaterra en el siglo XIX atacaban aves de corral y lechones sin remedio. Básicamente, eran compañeros leales en Tierra del Fuego, pero fieras ingobernables en cualquier otro lugar.
Cuando los colonos europeos llegaron a fines del siglo XIX, el mundo selk'nam se derrumbó. El genocidio, las enfermedades y el desplazamiento arrasaron con un pueblo entero. Y con ellos desapareció su zorro. En 1919, cuando el etnógrafo Martin Gusinde llegó al archipiélago para documentar esas culturas, los perros-zorro ya no existían.
El perro fueguino no prueba que cualquier animal pueda ser domesticado. Prueba lo contrario: que un pueblo inventó una alianza tan singular, tan atada a su forma de vivir, que no pudo sobrevivir sin las manos que la sostuvieron.