09/05/2024
Adarce: Reflexión con palabras mágicas
Por Dimas Perú
En la orilla del mar, donde las olas besan la tierra, se forman adarces, costras salinas que capturan la esencia del océano. Son como huellas efímeras del vaivén incesante de las aguas, un recordatorio de la fuerza y la belleza del mar.
A medida que el sol acaricia la tierra, la hierba cencida, aún no hollada, despierta lentamente a la vida. Brota con timidez, como un susurro verde que emerge del silencio de la tierra. Sus hojas frágiles, empapadas de rocío, reflejan la luz del alba, creando un espectáculo de hialinas transparencias.
En un rincón apartado, un íncola observa el panorama con melancolía. La esplín se apodera de su alma, un tedio de la vida que le impide encontrar alegría en lo simple. Sus ojos, ojienjutos, apenas dejan escapar una lágrima, reflejo de su dolor interior.
Sin embargo, un lampo de esperanza surge en el horizonte. Un grupo de niños corre por la playa, sus risas contagiosas llenan el aire de alegría. Su jarifa contagiosa, su entusiasmo por la vida, son un bálsamo para el alma del íncola.
En ese instante, un dingolondango cariñoso llega a sus oídos. Una mano amiga lo acaricia con ternura, un gesto simple que enciende una llama de venusto calor en su corazón. La tristeza comienza a disiparse, reemplazada por una tenue satis de esperanza.
Mientras el sol se oculta en el mar, pintando el cielo de colores plúrimos, el íncola se levanta con renovada determinación. Decide raquear entre sus recuerdos, buscando aquellos que le brinden la fuerza para seguir adelante.
Sabe que el camino no será fácil, pero también sabe que no está solo. La quilotra que lo acompaña le brinda el apoyo que necesita, y juntos enfrentarán cualquier yactura que la vida les presente.
Con un último brizar de optimismo, el íncola se despide del mar, prometiendo regresar al día siguiente. En su corazón, la tronga de la tristeza ha sido reemplazada por la semilla de la esperanza, lista para germinar y florecer en un nuevo día.