14/09/2026
EDITO I TENEMOS LA LIBERTAD DE QUERER SER RICOS
Napoleón Hill en su libro “La actitud mental positiva” recoge una frase que, más allá de estar o no de acuerdo con ella en todos sus términos, provoca una reflexión poderosa:
“Somos pobres... no por culpa de Dios. Somos pobres porque tu padre jamás tuvo el deseo de ser rico. Nadie en nuestra familia ha tenido jamás el deseo de ser otra cosa.”
Y entonces aparece una pregunta que quizás pocas veces nos hacemos con sinceridad:
¿Tenemos realmente el deseo de ser ricos?
No hay nada malo en responder que no. Una persona puede desear una vida sencilla, tranquila, con lo suficiente para vivir dignamente, y sentirse plenamente realizada.
Pero esa también es una elección.
Lo que no parece coherente es decir que el dinero no importa, que nunca quisimos generar riqueza, que jamás nos preocupamos por construir patrimonio... y después lamentarnos porque no podemos viajar, ayudar a nuestros hijos, acceder a una mejor vivienda, enfrentar una enfermedad o vivir con mayor seguridad cuando llegan los años.
Si no querés ser rico, está bien. Pero también debés aceptar las consecuencias de esa decisión.
Ahora bien, desear riqueza tampoco alcanza.
La actitud mental juega un papel enorme. Quien está convencido de que jamás podrá progresar probablemente ni siquiera vea las oportunidades cuando aparezcan. Quien decide mejorar su situación comienza a preguntarse: ¿qué puedo aprender?, ¿qué puedo producir?, ¿qué problema puedo resolver?, ¿qué servicio puedo ofrecer?, ¿qué tengo que cambiar?
La riqueza empieza muchas veces mucho antes que el dinero: empieza en una decisión.
Pero hay otra cuestión fundamental.
Ser rico no es el problema. El problema es cómo te hiciste rico.
¿Construiste tu patrimonio trabajando, produciendo, innovando, invirtiendo y sirviendo a otras personas?
¿O tuviste que sobornar, engañar, explotar, aprovecharte de alguien o pasar por encima de otros?
Porque el dinero puede mostrar nuestra capacidad para producir riqueza, pero la manera en que lo conseguimos muestra nuestros valores.
Y todavía queda una responsabilidad más.
Si la vida te dio inteligencia, oportunidades, capacidad empresarial y la habilidad de construir honestamente mucho más de lo que necesitás, quizás llegue también el momento de preguntarte:
¿Qué parte de lo que conseguí puede servir para mejorar la vida de otros?
Ayudar a un hogar de ancianos, sostener una organización que rescata niños de la calle, financiar becas, colaborar con personas enfermas o apoyar una causa social no empobrece el éxito. Lo engrandece.
Dios nos dio libre albedrío. No decidió por nosotros qué profesión seguir, qué negocio iniciar, cuánto estudiar, cuánto ahorrar ni qué riesgos asumir. Tampoco todas las circunstancias que vivimos dependen de nuestras decisiones, pero muchas de las que vendrán sí pueden cambiar a partir de las decisiones que tomemos hoy.
Por eso, si no estás conforme con el lugar en el que estás, no gastes toda tu energía buscando culpables.
Podés dar un golpe de timón.
Pensá qué vida querés tener.
Definí qué bienestar querés construir.
Decidí qué estás dispuesto a hacer honestamente para alcanzarlo.
Tenemos la libertad de querer ser ricos.
Tenemos también la responsabilidad de decidir cómo queremos llegar a serlo y qué haremos con esa riqueza cuando llegue.
“Cuando tenemos una meta clara y la perseguimos con fe, el camino puede seguir siendo difícil, pero la carga se vuelve más liviana porque sabemos hacia dónde vamos.”
Juan Angel Bóveda Villasboa