28/09/2026
El verdadero peligro para cualquier organización —ya sea una empresa privada, una oficina de gobierno, un hospital o una escuela— no es perder a sus miembros más brillantes, sino permitir que personas mediocres sigan atrincheradas en los puestos de mando. Cuando quienes dirigen son mediocres, su principal preocupación no es mejorar el servicio o hacer crecer el proyecto, sino cuidar su propio puesto. Para lograrlo, frenan cualquier innovación y se rodean de personas que no los cuestionen ni los opaquen.
Esto se puede ver en muchos ámbitos. Por ejemplo, en una institución educativa, un director que se niega a actualizarse rechazará nuevas formas de enseñar, provocando que los profesores más apasionados y creativos terminen yéndose por pura frustración. En un hospital o entidad pública, un jefe que solo se preocupa por cumplir reglas burocráticas y no por resolver problemas reales terminará agotando a los médicos o funcionarios que de verdad quieren ayudar a la gente, empujándolos a renunciar. Y en el mundo de los negocios, un gerente que le tiene miedo a los cambios hará que los mejores empleados busquen trabajo en la competencia, porque sienten que ahí están perdiendo su tiempo.
Al final, los buenos profesionales rara vez huyen por falta de dinero; huyen de la incompetencia de sus superiores. Las organizaciones y empresas no colapsan de un día para otro por los talentos que decidieron marcharse, sino que se hunden lentamente bajo el peso de las malas decisiones y la falta de visión de quienes se quedaron a cargo sin merecerlo.
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