24/08/2026
FARMEAR AURA: CUANDO UNA ETAPA COMIENZA A CONVERTIRSE EN IDENTIDAD
Hay temas de los que uno puede abstenerse de hablar por muchas razones. Porque pueden generar polémica, porque fácilmente pueden malinterpretarse o porque vivimos en una época donde cuestionar una conducta inmediatamente es interpretado como atacar a una persona. Pero hay momentos en los que analizar no significa juzgar. Y hoy quiero hablar de algo que me llama particularmente la atención: “farmear aura”.
Más allá del término viral o de la moda en redes sociales, detrás de este concepto existe algo mucho más interesante desde la perspectiva de la Psicología, la Neurociencia y la Programación Neurolingüística (PNP): la necesidad de construir una determinada percepción de uno mismo frente a los demás y recibir aprobación social por ella.
Y aquí aparece mi verdadera preocupación. No son únicamente los jóvenes quienes participan en estas dinámicas. Estoy viendo algo todavía más interesante: nuevas generaciones de padres que no solamente toleran determinadas conductas de sus hijos, sino que las celebran, las refuerzan y, en algunos casos, las convierten en parte de su identidad. Y ahí es donde debemos detenernos.
En el lenguaje de internet, “farmear aura” se utiliza para describir acciones destinadas a proyectar una imagen determinada: parecer más interesante, más fuerte, más seguro, más atrevido, más deseado, más rebelde o simplemente generar una impresión que aumente el estatus percibido por los demás.
El problema no está necesariamente en querer proyectar seguridad. El problema aparece cuando la apariencia comienza a sustituir a la identidad. Cuando una persona deja de preguntarse “¿Quién soy?” y comienza a preguntarse exclusivamente “¿Cómo quiero que los demás me perciban?”. Eso cambia completamente el juego.
Desde la neurociencia del comportamiento sabemos que las conductas que reciben recompensa tienen mayor probabilidad de repetirse. Un joven realiza determinada conducta, recibe atención, obtiene aprobación, consigue likes, sus amigos reaccionan, sus padres se ríen, lo graban, lo publican y recibe comentarios. El cerebro aprende: “Esto funciona”. Entonces la conducta vuelve a aparecer.
No necesariamente porque la persona sea mala, sino porque el sistema de recompensa está haciendo aquello para lo que está diseñado: fortalecer comportamientos asociados con resultados gratificantes. Por eso debemos tener muchísimo cuidado con lo que reforzamos.
Una cosa es decir: “Mi hijo está pasando por una etapa”. Y otra completamente diferente es decir: “Mi hijo está pasando por una etapa y yo voy a convertir esa etapa en una identidad permanente”.
Los seres humanos atravesamos etapas. Exploramos, probamos, imitamos, nos rebelamos, buscamos pertenencia y construimos identidad. Eso forma parte del desarrollo. Pero acompañar una etapa no significa necesariamente validarla sin límites.
Los padres tienen una función que va mucho más allá de ser espectadores, amigos o fans de sus hijos. También tienen que ser referentes. Porque cuando un adolescente todavía está construyendo su identidad necesita experimentar, sí, pero también necesita límites, modelos, consecuencias y orientación.
Aquí quiero ser muy claro: aceptar a un hijo no significa aprobar absolutamente todo lo que hace. Amar no significa aplaudir cada conducta. Respetar no significa renunciar a educar. Y comprender no significa dejar de poner límites.
Un padre puede decir: “Te amo, te respeto, te escucho y estoy contigo; pero esta conducta no es correcta y voy a ayudarte a comprender por qué”. Eso también es amor. De hecho, probablemente sea una de las formas más difíciles de amor.
Porque es mucho más fácil decir “Déjalo, es una etapa” que sentarse, conversar, establecer límites y asumir el papel de padre.
Por eso deberíamos preguntarnos no solamente “¿Qué está haciendo mi hijo?”, sino “¿Qué estoy reforzando yo como padre?”. Cada reacción educa. Cuando premiamos la responsabilidad, reforzamos responsabilidad. Cuando premiamos el esfuerzo, reforzamos perseverancia. Cuando premiamos el respeto, reforzamos respeto. Pero también podemos reforzar la búsqueda permanente de aprobación, la necesidad de llamar la atención, la conducta provocadora, la dependencia de la validación externa, la apariencia sobre la sustancia o la necesidad de construir un personaje para sentirse alguien.
Y aquí entramos directamente en un concepto fundamental de la PNP: la asociación. Aquello que repetimos junto con una emoción y una recompensa puede convertirse en un patrón.
Vivimos en una economía de la atención. Antes una conducta podía ser observada por diez personas. Hoy puede ser observada por diez mil. Antes una etapa quedaba entre amigos. Hoy puede quedar registrada, publicada, comentada y reproducida durante años.
Eso modifica completamente el contexto psicológico. El joven ya no solamente vive la experiencia; también puede comenzar a actuar para la audiencia.
Y cuando la audiencia se convierte en parte del sistema de recompensa aparece una pregunta incómoda: ¿la persona está viviendo su vida o está interpretando un personaje para obtener aprobación?
No siempre podremos saberlo. Pero sí podemos enseñar a nuestros hijos a preguntárselo.
Tampoco se trata de demonizar a los jóvenes ni de repetir el discurso de que “la juventud está perdida”. Cada generación tiene sus propias formas de explorar identidad, pertenencia y estatus. Lo que cambia son las herramientas.
Hoy tenemos TikTok, Instagram, videojuegos, algoritmos, influencers, comunidades digitales y una exposición social permanente. Por eso necesitamos padres más conscientes, no necesariamente padres más represivos.
La solución tampoco es prohibir absolutamente todo. La solución es educar el criterio. Porque llegará un momento en que el padre no estará presente. Y cuando llegue ese momento, lo que queremos no es un hijo que obedezca porque mamá o papá están mirando.
Queremos una persona que pueda preguntarse: “¿Esto realmente representa quién quiero ser?”.
Hay padres que hoy documentan absolutamente todo: cada comportamiento, cada ocurrencia, cada provocación, cada “locura”. Y muchas veces lo hacen desde el amor y el orgullo. No estoy diciendo que publicar una fotografía de un hijo sea incorrecto. Estoy hablando de algo más profundo: cuando la exposición comienza a convertirse en recompensa.
Porque el niño puede aprender rápidamente que determinada versión de sí mismo genera más atención. Y entonces comienza el proceso: “Esto les gusta. Esto genera comentarios. Esto genera seguidores. Esto me hace popular. Entonces voy a repetirlo”.
Poco a poco, la validación externa puede convertirse en una brújula interna.
Por eso, más que enseñar a nuestros hijos a “farmear aura”, deberíamos enseñarles a construir carácter.
Porque el aura puede conseguir atención, pero el carácter consigue respeto. El aura puede generar likes, pero el carácter genera confianza. El aura puede construir una imagen, pero el carácter construye una vida.
Y como padres, quizá nuestra responsabilidad más grande no sea criar hijos que impresionen al mundo. Es criar seres humanos que no necesiten impresionar al mundo para sentirse valiosos.
Ese es el verdadero desafío de la crianza en la era de la validación digital.
Y desde mi perspectiva de Psicología, Neurociencia y Programación Neurolingüística, la pregunta no debería ser solamente: “¿Qué están haciendo nuestros hijos?”.
La pregunta verdaderamente poderosa es:
¿Qué estamos enseñándoles a asociar con sentirse valiosos?
Porque aquello que hoy celebramos, mañana puede convertirse en un patrón.
Y aquello que hoy educamos, mañana puede convertirse en carácter.
Frederick Alemán
Consultor en Psicología, Neurociencia y Programación Neurolingüística (PNP)
Centro de Formación & Consultoría Empresarial
Formación que transforma personas, desarrolla liderazgo y comprende el comportamiento humano.