30/12/2023
¡Qué horrible es el ego!
Les quiero compartir algo curioso que me pasó hace unos minutos en el Wendys (venta de hamburguesas) de la 29 calle Oriente en San Salvador.
Llegué como a las 5 p. m. y no había nadie en la fila, me atendió Stephanie, muy simpática, amable y sonriente, pero la vi algo nerviosa, y luego me di cuenta que es nueva, porque aunque todos en ese lugar ocupan camisetas negras con una niña pecosa de logo, había a su lado un joven con una camisa roja, que después vi en su espalda la palabra en inglés COACH (entrenador) y la estaba acompañando y repitiendo los procedimientos mientras ella trataba de seguir el orden que le han establecido para la atención al cliente. Al final me dijo lo que tenía que decir y yo le dije el chiste que siempre digo en ocasiones así porque nunca me puedo quedar callado.
Ya con mi ticket y con mi vuelto, me hice a un lado a esperar la orden, y a pesar de estar vacío se tardaron como 6 minutos. Por eso de mis actividades profesionales relacionadas al mercadeo siempre intento observar los procesos y las relaciones en ese tipo de empresas para ver que aprendo: el orden de los equipos, por donde caminan para no chocar entre ellos, etc. Mientras estaba en eso pude ver dos de las empleadas platicando y a pesar de que soy miope que no usa lentes, pude ver que la que estaba con su rostro hacia mi estaba llorando. La compañera le dijo algunas palabras que no pude oír y la abrazó. Ese abrazo solidario duró como 2 minutos y pude ver como poco a poco el llanto de su compañera se fue transformando en sonrisa, yo como buen metido estaba sin perder detalle, y reflexionando sobre el valor de los abrazos cuando veo aparecer en el fondo del pasillo al bendito COACH, con su camisa de tono rojo/autoridad. Las vió desde atrás y lo primero que se me vino a la mente es que les iba a llamar la atención por no estar preparando mi hamburguesa, y como todo artista mi imaginación voló: en 2 segundos ya tenía el sermón que le diría si llegaba a estropear ese momento, y se lo iba a decir técnicamente, desde mi profesión de relacionista público que sabe de estas cosas así que no iba a poder rebatirme nada, y además como el cliente tiene la razón iba a tener que recibir a mis regaños, y quizás hasta a pedirme a mi disculpas en cuyo caso le diría que se las pidiera a ellas y enfrente de mi, para que su lección fuera inolvidable para él, es decir, yo estaba en mi mente con todo mi horrible ego de fuera, ¡ en dos segundos!, y mi imagina-guión tomaba forma de película de Hollywood, sin embargo, el joven COACH, las vió, se dió cuenta lo que pasaba, caminó lento hacia ellas, se hizo a un lado despacito como para no molestar y siguió su camino; no les dijo absolutamente nada. Las dejó que terminaran su abrazo con elegancia y con el tiempo necesario. Yo entonces con vergüenza empecé a ver que si allí alguien tenía el espíritu Grinch ese era yo, suponiendo lo que el otro iba a hacer y maquinando mis propias justicias. Y aunque no dije nada, el solo pensarlo ya me es pecado, Lo cierto es que luego del abrazo la joven afectada se fue a atender el auto servicio (andaba los audífonos) la otra fue a tomar una servilleta para limpiarse las lágrimas que provoca la empatía, otra persona me sirvió mi pedido, Stephanie seguía con sus nervios y su sonrisa bonita y el coach repentinamente ya no tenía camisa con tono rojo de partido político , sino más bien el tono rojito agradable que abunda el 14 de febrero y que además del amor representa el respeto y otras cosas buenas. Espero les sirva mi anécdota y pido perdón por mi violencia, que aunque imaginaria, es violencia. Feliz año a todos y especialmente al COACH respetuoso de Wendys, con la camisa de San Valentín.