04/24/2026
A los 9 años, traducía cartas de desahucio para mi abuela. A los 9 años, ya sabía lo que era tener miedo de perderlo todo.
Mi familia es de inmigrantes mexicanos. Crecí en Inglewood, California, en un barrio donde las balaceras eran tan comunes como el ruido de los helicópteros.
Mi padre fue deportado cuando yo tenía 10 años. Recuerdo la noche que se lo llevaron. Mi madre lloraba en la cocina, tapándose la boca para que no la oyéramos mis hermanos y yo. Yo me escondí en el armario y prometí que haría todo lo posible para sacar a mi familia adelante.
A los 12 años, empecé a trabajar. Limpiaba casas, cuidaba niños, ayudaba en una tienda de ropa. Mis compañeras del colegio iban al centro comercial. Yo iba a la fábrica de empaque de frutas.
Un día, en el instituto, una compañera me dijo: "Becky, tú nunca vas a ser nadie. Eres solo una chica mexicana más". No le respondí. Me fui al baño y me maquillé los ojos para que no se notara que había llorado.
A los 15 años, firmé mi primer contrato discográfico. Pero la fama vino con algo que no esperaba: ansiedad. Ataques de pánico en los que sentía que "el mundo se estaba acabando".
Hubo una noche en Miami, después de un concierto, que me encerré en el baño del hotel y no podía respirar. Mi madre llamó a una ambulancia. Los médicos dijeron que era un ataque de ansiedad. Me sentí tan débil. Tan fracasada.
Hoy, hace apenas unos días, Billboard me otorgó el premio "Global Impact" por mi capacidad de conectar con audiencias de todo el mundo y mi labor como activista en favor de la salud mental y la representación latina.
La misma chica que traducía cartas de desahucio ahora es un símbolo de empoderamiento para millones de latinos.
La ansiedad no es debilidad. Es la prueba de que has vivido cosas que nadie debería vivir.
Si hoy sientes que el mundo se te viene encima, respira. Yo también lo sentí. Y aquí sigo.
— Becky G