05/12/2026
Existe una tienda muy popular donde venden el éxito ajeno en cuotas mensuales. Sííí, esa. La tienda en la que entramos desde la mañana y de la que no nos cansamos de salir en todo el día. Con el dedo pasamos de una vitrina a otra, admirando la grandeza ajena —irrepetible y, en muchos casos, más falsa que un billete de tres dólares. Vitrinas preciosas, dignas de nuestra envidia más sincera. Los testimonios, impecables. Y tú —inteligente, sensible, buscador/a de algo más— entras.
Quizás sales con unos zapatos hermosos que, resulta, no vienen en tu talla, pero igual pagaste por ellos.
Porque nadie te dijo —o sí lo dijeron 🤔, pero en letra tamaño hormiga al final del contrato— que esos fueron diseñados para otros pies, otro camino, otra historia.
Es como querer replicar las galletas Keebler del supermercado. Sí, las que huelen a magia y a infancia. Compras la receta a precio premium, abres el papel y… no puedes pronunciar el 80% de los ingredientes. Y en la parte de abajo, con la elegancia de quien no quiere problemas legales, aparece el disclaimer: “Los resultados pueden variar. O sea: NUNCA.” 🍪
El problema no es que seas torpe.
El problema es que intentaste hornear su galleta con tus manos.
El Creador —llámale Dios, universo, o simplemente la extraordinaria casualidad de existir— no hizo moldes. Te dio ingredientes únicos: tu historia, tu intuición, tus cicatrices, tu manera particular de ver el amanecer. No necesitas imitar la receta de nadie. Solo necesitas recordarte que ya tienes cocina propia.
Respira. Confía. Camina con tus zapatos —aunque primero tengas que encontrarlos.
Eso es el yoga. Eso es la escritura. Eso, al final, es la vida propia.