20/04/2025
Había pasado toda la semana analizando el pronóstico, día tras día, siguiendo su sutil evolución. Cada noche, antes de desconectarme de internet cerraba los ojos y soñaba como sería. Todo parecía indicar que habría tubos, que el mar se convertiría en un lienzo de revistas, de esas imágenes que parecen sacadas de otro mundo. Me vi viajando en el “green room”, flotando en una realidad paralela, con una sonrisa que iluminaba mi rostro, como si el universo me invitara a un sueño profundo y eterno.
Esa mañana, al llegar, mis ojos no podían creer lo que veían: todo lo que había imaginado, todo lo que había anhelado, estaba allí, servido en bandeja. En un instante, me transformé. El traje, duro, acartonado; la última vez que lo usé fue el mes pasado y no lo había enjuagado. Al llegar a la orilla, ni siquiera miré; salté y remé, básicamente me entregué. Entonces comprendí: todo lo que buscaba allí, en ese mar, estaba esperando mi reacción. Como si el universo, en su silencio, me pusiera a prueba, siempre queriendo lo máximo de una situación para la cual no estaba preparado.
Al verla llegar solo nadé, remarla, ni intenté. Me rendí ante su belleza, ante su perfección. La vi pasar, la observé y como si estuviera en la cama, soñando en otra dimensión, me imaginé.